Nuestros abuelos


Avis_2En una de las múltiples y numerosas manifestaciones que ha habido esta semana en Catalunya he visto una pancarta que decía “Els nostres avis no es toquen” (nuestros abuelos no se tocan). Efectivamente, nuestros abuelos no se tocan, como tampoco se deberían haber tocado nuestras hermanas, padres, hijas, amigos y conocidos. Nadie debe ser objeto de la violencia por el simple hecho de querer votar pacíficamente. Al margen de supuestas legalidades o ilegalidades, al margen de ideas o ideologías, al margen de posicionamientos legítimos o menos, la brutalidad policial mostrada el domingo 1 de octubre en Catalunya es inadmisible, además de innecesaria e ineficaz.

Los hechos, para mí y para más de uno, han supuesto la desvinculación total, radical e irreversible de todo aquello que significa el concepto de España. Los lazos sentimentales familiares y de amistad con muchos ciudadanos españoles permanecerán siempre. No así, la adhesión a un modelo de convivencia que se basa sólo en la fuerza bruta y no en el diálogo, la escucha y la comprensión mutua. Desde el día 1, los acontecimientos se han ido desarrollando a gran velocidad y, sin duda, evolucionan en sentido negativo. ¿Cómo acabará? No lo sé. Creo que nadie lo sabe, pero tampoco es el objetivo de este artículo.

Más allá de la gravedad de las agresiones, que he vivido muy de cerca. Más allá de los acontecimientos que se van sucediendo y su interpretación aquí y allá. Más allá de todo esto, en estos días, he visto demasiada gente llorar. Yo mismo he llorado más de una vez. Llanto de impotencia, de rabia, de dolor y, sobre todo, de tristeza. De una profunda tristeza por haber vivido situaciones que creíamos ya superadas. Tristeza por tener la sensación de haber retrocedido a los más oscuros tiempos de la represión y la clandestinidad. Tristeza especial por la impotencia ante la mentira. La mentira convertida en estrategia sistemática de agresión. La mentira que tergiversa, niega y manipula las evidencias más constatables.

Es difícil imaginar la sensación tan amarga que uno siente cuando ha vivido un hecho en primera persona, ha sido testigo presencial de los hechos y observa como el aparato estatal, con todo su sistema mediático sumiso, da una versión absolutamente falsa y alejada de la realidad. Tristeza, mucha, rabia e impotencia. Tristeza también por la convivencia perdida. Quien ama su tierra, quiere lo mejor para las personas que en ella viven. Vengan de donde vengan, hablen el idioma que hablen o sea cual sea el color de su piel. A lo largo de los años he vivido en una Catalunya donde se convivía en paz, en armonía. No de una manera ejemplar, por supuesto, con errores y dificultades, sin duda. Una sociedad abierta y tolerante. Ningún conflicto real por la lengua, más allá de los que artificialmente se han querido crear. Diálogo interreligioso, no siempre fácil, pero de calidad suficiente y sin conflictos graves. Personas venidas de otras tierras de España plenamente integradas, más allá de la lengua que usen. Generaciones enteras de

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Fotografia de Nació Digital

personas que forman parte de la sociedad catalana, de pleno derecho. Y todo esto, en una semana, se ha derrumbado. Siete años con manifestaciones multitudinarias, sin ningún incidente, con la simple vigilancia de los voluntarios de las organizaciones y los Mossos d’Esquadra. Y ahora, de pronto, aparece la violencia importada, buscada, querida, provocada. Y lo que nos espera… Para llorar. La convivencia tampoco se toca.

En aras de un bien superior y supremo que parece ser la unidad de España (aunque, sinceramente, en la Biblia no la he encontrado), todo vale. Una unidad que hay quien defiende, proclama y jalea que debe imponerse por la fuerza, a garrotazos, con sangre. ¡Madre mía! Como si el amor y el afecto pudieran imponerse por c… (perdón). Como si la unidad fuera un mandato militar de obligado cumplimiento. ¡Dios mío! En mi caso, y en el de muchos otros, las urgencias generacionales nos llevan a la prisa, la urgencia. Es necesario mantener la calma, en todos los sentidos. La historia, el tiempo, acaba siempre poniendo a cada uno en su lugar. Las sociedades que se han edificado sobre la base de la mentira, la fuerza, la imposición y la represión, pueden ganar batallas. Pero, sin ninguna duda, todos estos “valores”, un día, volverán como un ‘boomerang’ y les estallará entre las manos. Cada pueblo acaba recogiendo aquello que ha sembrado.

La sangre del domingo, las lágrimas de ahora, no pueden ser más que un precio para la construcción de una sociedad más respetuosa, más tolerante, más democrática, más abierta, más dialogante. No cabe otra opción o la tristeza sería infinita.

By @fbrunes

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2 pensaments sobre “Nuestros abuelos

  1. ¿Sólo sufren “tus” abuelos?
    ¿Sabes lo que le pasa a “mis” abuelos? Pues que sufren cuando ven por la tele que unos conciudadanos que tienen el privilegio de vivir en una de las partes más bellas y ricas de España están tratando de romper su país a base de engaños e ilegalidades.

    • Gracias por el comentario. Me sabe mal por el sufrimiento de tus abuelos. Espero que nunca les peguen por ningún motivo, justo o injusto. Preguntar a la gente no creo que sea romper nada, pero cada opinión es respetable.

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